SLIDER

DIARIO DE VIAJES

JUNTAS


Llegamos bastante rápido a las lagunas. La señal del teléfono nos permitió elegir la música y viajar cantando. Todas cantamos menos Gissela, que seguía sumergida en sueños incómodos y malestar estomacal. Fue la última en enfermarse. Parecíamos turnarnos en una especie de rito circular de cura holística. Mucha ansiedad, muchos preparativos para este encuentro.
La carretera espesa de bosque se fue poblando por ambos costados de puestitos de vendedoras de maravillas, “café calientito, chocolatito de Chiapas, coma, llévese un quesito para la cena, Marihuanol crema para sus dolores”. Joyas de semillas, quesadillas de comal y el olor a leña repetido a lo largo de las veredas.  Supimos que llegábamos al parador. Todo era nuevo y familiar a la vez.

Bajamos prontas. Corrimos hacia el mirador y lo que vimos nos dejó mudas. Nada de viento, silencio de pinos, silencio de aire, silencio de olas, quedamos suspendidas y conectadas con nuestros cuerpos huecos de palabras: un conjunto de lagos verdes, oscuros y profundos que parecían subirse sin esfuerzo a la gran nube.
Al fondo, a pesar de la ausencia de sol, creí ver sólo yo un nítido retazo de arco iris, como un flechazo, un fulgor, una secreta insinuación que quedó prendida en el cuenco de mis ojos.



Nos interrumpe el lanchero para cobrarnos y guiarnos hasta la escalera por donde accederíamos a la playa. Éramos las únicas turistas. Subimos a la barca: seis troncos largos de madera de corcho amarrados y tres más pequeños, cruzados, que hacían de asientos. Partimos. Sutil y estable se movía la precaria nave con el impulso del remo.


Las nubes bajas nos acariciaban sin mojarnos y el frío que allá arriba nos resultó amenazante acá se volvía tan sólido como nosotras impermeables.
El remero nos preguntó por dónde deseábamos ir, y al unísono, las seis señalamos para el mismo lado. Nada dijimos.
El azul del cielo seguía negándose y yo pensaba en el arcoíris que había visto, no podía dejar de recordar que llevábamos cuatro días reconociendo cada espacio a través del prisma de la niebla y hoy no parecía que el clima fuera a cambiar.


Unos minutos más de lago y de pronto, ante nuestros ojos ahora sí sorprendidos, como si hubiéramos marcado el punto exacto en un mapa, por la quebrada por donde todas habíamos elegido avanzar, se abrió la aldea blanca que mencionaba nuestro libro, las ruinas que no habíamos imaginado buscar ni encontrar.
Las paredes alisadas con estuco 900 años atrás, se nos ofrecían cercanas como premio por aquel momento de silencio y por la valentía de habernos mirado en el reflejo en nuestros propios ojos. Ese reflejo de siete colores que desde las alturas había visto, se nos había dado a todas.
Bajamos serenas y confiadas. Caminamos un rato, cortamos un puñado de las hierbas que supimos encontrar, prendimos el pequeño fuego, hicimos un té, lo bebimos en una nueva ronda, juntamos las cenizas y seguimos celebrando la fiesta de conocernos y sanar juntas.







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