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DESCANSOS, GANARSE LA NADA


Tengo un gran sillón gris plomo. 


En nuestra casa de infancia nunca hubo una sala confortable. En una época se destinó a algo parecido la habitación insulsa de la entrada, con un incómodo y feo diván, que nadie usó jamás: frío en invierno, y plasticoso para el verano. Las paredes mudas, sin pintura decente, y el paso obligado por allí no ofrecían deseos de permanencia relajada.

La estancia principal era la cocina. Modesta con su gran mesa, el televisor ruidoso, y el sonido extra de la radio desde el patio contiguo.
Mi teoría es que en las casas de los descendientes de italianos, en Argentina, al menos, no teníamos un lugar de descanso. No recuerdo a mis padres en esa actitud. Cuanto mucho, mi papá deambulando por el patio planeando hacer algo y mi mamá, llegada de la oficina, cosiendo y corriendo. 

Desde que construyo mis hogares, siempre he forjado intentos de living y descanso. A menudo lo logro y muchas veces sigo replicando la lógica familiar de no parar jamás.


Hoy tengo un gran espacio sillón, mullido, luminoso, rodeado de plantas, con el cielo a mano, que disfrutamos con los gatos de vez en cuando, más ellos que yo, claramente.
Domingo, pasa el tiempo, pero nunca en día completo.
¿Es menester ganarse esa nada? 

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